EFÍMEROS Y BREVES. Immanuel Kant (1724-1804): "La respuesta a la pregunta ¿qué es la ilustración?", en el 302 aniversario de su nacimiento.
En “La respuesta a la pregunta: ¿Qué
es la ilustración?”, Kant acuñó la definición de la ilustración con una fórmula
magistral: La ilustración es la salida del hombre de su minoría de edad. Y
recordó que su mejor divisa es la que inmortalizó el poeta Horacio en una de sus
cartas: “sapere Aude” (“atrévete a saber”). O como actualiza a continuación el
filósofo alemán en este texto, “ten el valor de servirte de tu propio
entendimiento”. Por tanto, la ilustración representa la emancipación de
cualquier autoridad que nos vengan a indicar qué es lo que tenemos que pensar,
opinar o hacer: “Basta con tener un libro que supla mi entendimiento, alguien
que vele por mi alma y haga las veces de mi conciencia moral, a un médico que
me prescriba la dieta, etc., para que yo no tenga que tomarme tales molestias.
No me hace falta pensar, siempre que pueda pagar; otros asumirán por mí tan
engorrosa tarea.” En definitiva, es la insumisión a cualquier autoridad que nos
diga cómo debemos conducirnos. Sólo nuestra propia conciencia puede indicarnos la
mejor manera.
Se deja aquí íntegro el famoso texto de
Enmanuel Kant, “La pregunta a la respuesta: ¿Qué es la ilustración?”, que sería
luego glosado agudamente por Michel Foucault en el curso (1982-1983), dictado
en el Collège de France, titulado “El gobierno de sí y de los otros”. Foucault,
apoyándose en este texto, va a analizar lo que considera la pregunta que se ha
repetido (desde Hegel a Habermas, pasando por Nietzsche y Max Weber) bajo
diversas formas. La “filosofía moderna”, nos recuerda Foucault, es la que
intenta responder a esta pregunta “lanzada hace dos siglos con tanta
imprudencia: was ist Aufklärung”. Foucault (leáse aquí su texto) la responde a
su manera y analiza el contexto de la respuesta kantiana.
CONTESTACIÓN A LA PREGUNTA ¿QUÉ ES LA
ILUSTRACIÓN?
“Ilustración significa el abandono
por parte del hombre de una minoría de edad cuyo responsable es él mismo. Esta
minoría de edad significa la incapacidad para servirse de su entendimiento sin
verse guiado por algún otro. Uno mismo es el culpable de dicha minoría de edad
cuando su causa no reside en la falta de entendimiento, sino en la falta de
resolución y valor para servirse del suyo propio sin la guía del de algún otro.
Sapere aude! ¡Ten valor para servirte de tu pro¬ pio entendimiento! Tal es el
lema de la Ilustración.
Pereza y cobardía son las causas
merced a las cuales tantos hombres continúan siendo con gusto menores de edad
durante toda su vida, pese a que la Naturaleza los haya liberado hace ya tiempo
de una conducción ajena (haciéndoles físicamente adultos); y por eso les ha
resultado tan fácil a otros el erigirse en tutores suyos. Es tan cómodo ser
menor de edad. Basta con tener un libro que supla mi entendimiento, alguien que
vele por mi alma y haga las veces de mi conciencia moral, a un médico que me
prescriba la dieta, etc., para que yo no tenga que tomarme tales molestias. No
me hace falta pensar, siempre que pueda pagar; otros asumirán por mí tan
engorrosa tarea. El que la mayor parte de los hombres (incluyendo a todo el
bello sexo) consideren el paso hacia la mayoría de edad como algo harto
peligroso, además de muy molesto, es algo por lo cual velan aquellos tutores
que tan amablemente han echado sobre sí esa labor de superintendencia. Tras
entontecer primero a su rebaño e impedir cuidadosamente que esas mansas
criaturas se atrevan a dar un solo paso fuera de las andaderas donde han sido
confinados, les muestran luego el peligro que les acecha cuando intentan caminar
solos por su cuenta y riesgo. Mas ese peligro no es ciertamente tan enorme,
puesto que finalmente aprenderían a caminar bien \ después de dar- unos cuantos
tropezones; pero el ejemplo de un simple tropiezo basta para intimidar y suele
servir como escarmiento para volver a intentarlo de nuevo.
Así pues, resulta difícil para
cualquier individuo el zafarse de una minoría de edad que casi se ha convertido
en algo connatural. Incluso se ha encariñado con ella y eso le hace sentirse
realmente incapaz de utilizar su propio entendimiento, dado que nunca se le ha
dejado hacer ese intento. Reglamentos y fórmulas, instrumentos mecánicos de un
uso racional -o más bien abuso- de sus dotes naturales, constituyen los
grilletes de una permanente minoría de edad. Quien lograra quitárselos acabaría
dando un salto inseguro para salvar la más pequeña zanja, al no estar habituado
a semejante libertad de movimientos. De ahí que sean muy pocos quienes han
conseguido, gracias al cultivo de su propio ingenio, desenredar las ataduras
que les ligaban a esa minoría de edad y caminar con paso seguro.
Sin embargo, hay más posibilidades de
que un público se ilustre a sí mismo; algo que casi es inevitable, con tal de
que se le conceda libertad. Pues ahí siempre nos encontraremos con algunos que
piensen por cuenta propia incluso entre quienes han sido erigidos como tutores
de la gente, los cuales, tras haberse desprendido ellos mismos del yugo de la
minoría de edad, difundirán en torno suyo el espíritu de una estimación
racional del propio valor y de la vocación a pensar por sí mismo. Pero aquí se
da una circunstancia muy especial: aquel público, que previamente había sido
sometido a tal yugo por ellos mismos, les obliga luego a permanecer bajo él,
cuando se ve instigado a ello por algunos de sus tutores que son de suyo
incapaces de toda ilustración; así de perjudicial resulta inculcar prejuicios,
pues éstos acaban por vengarse de quienes fueron sus antecesores o sus autores.
De ahí que un público sólo pueda conseguir lentamente la ilustración. Mediante
una revolución acaso se logre derrocar un despotismo personal y la opresión
generada por la codicia o la ambición, pero nunca logrará establecer una auténtica
reforma del modo de pensar; bien al contrario, tanto los nuevos prejuicios como
los antiguos servirán de rienda para esa enorme muchedumbre sin pensamiento
alguno.
Para esta ilustración tan sólo se
requiere libertad y, a decir verdad, la más inofensiva de cuantas pueden
llamarse así: el hacer uso público de la propia razón en todos los terrenos.
Actualmente oigo clamar por doquier: ¡No razones! \ El oficial ordena: ¡No
razones, adiéstrate! El asesor fiscal: ¡no razones y limítate a pagar tus
impuestos! El consejero espiritual: ¡No razones, ten fe! (Sólo un único señor
en el mundo dice: razonad cuanto queráis y sobre todo lo que gustéis, mas no
dejéis de obedecer.) Impera por doquier una restricción de la libertad. Pero,
¿cuál es el límite que la obstaculiza y cuál es el que, bien al contrario, la
promueve? He aquí mi respuesta: el uso público de su razón tiene que ser
siempre libre y es el único que puede procurar ilustración entre los hombres;
en cambio muy a menudo cabe restringir su uso privado, sin que por ello quede
particularmente obstaculizado el progreso de la ilustración. Por uso público de
la propia razón entiendo aquél que cualquiera puede hacer, como alguien docto,
ante todo ese público que configura el universo de los lectores. Denomino uso
privado al que cabe hacer de la propia razón en una determinada función o
puesto civil, que se le haya confiado. En algunos asuntos encaminados al
interés de la comunidad se hace necesario un cierto automatismo, merced al cual
ciertos miembros de la comunidad tienen que comportarse pasivamente para verse
orientados por el gobierno hacia fines públicos mediante una unanimidad
artificial o, cuando menos para que no perturben la consecución de tales metas.
Desde luego, aquí no cabe razonar,
sino que uno ha de obedecer. Sin embargo, en cuanto esta parte de la maquinaria
sea considerada como miembro de una comunidad global e incluso cosmopolita y,
por lo tanto, se considere su condición de alguien instruido que se dirige
sensatamente a un público mediante sus escritos, entonces resulta obvio que
puede razonar sin afectar con ello a esos asuntos en donde se vea parcialmente
concernido como miembro pasivo. Ciertamente, resultaría muy pernicioso que un
oficial, a quien sus superiores le hayan ordenado algo, pretendiese sutilizar
en voz alta y durante el servicio sobre la conveniencia o la utilidad de tal
orden; tiene que obedecer. Pero en justicia no se le puede prohibir que, como
experto, haga observaciones acerca de los defectos del servicio militar y los
presente ante su público para ser enjuiciados. El ciudadano no puede negarse a
pagar los impuestos que se le hayan asignado; e incluso una indiscreta crítica
hacia tales tributos al ir a satisfacerlos quedaría penalizada como un escándalo
(pues podría originar una insubordinación generalizada). A pesar de lo cual, él
mismo no actuará contra el deber de un ciudadano si, en tanto que especialista,
expresa públicamente sus tesis contra la inconveniencia o la injusticia de
tales impuestos. Igualmente, un sacerdote está obligado a hacer sus homilías,
dirigidas a sus catecúmenos y feligreses, con arreglo al credo de aquella
Iglesia a la que sirve; puesto que fue aceptado en ella bajo esa condición.
Pero en cuanto persona docta tiene plena libertad, además de la vocación para
hacerlo así, de participar al público todos sus bienintencionados y
cuidadosamente revisados pensamientos sobre las deficiencias de aquel credo,
así como sus propuestas tendentes a mejorar la implantación de la religión y la
comunidad eclesiástica. En esto tampoco hay nada que pudiese originar un cargo
de conciencia. Pues lo que enseña en función de su puesto, como encargado de
los asuntos de la Iglesia, será presentado como algo con respecto a lo cual él
no tiene libre potestad para enseñarlo según su buen parecer, sino que ha sido
emplazado a exponerlo según una prescripción ajena y en nombre de otro. Dirá:
nuestra Iglesia enseña esto o aquello; he ahí los argumentos de que se sirve.
Luego extraerá para su parroquia todos los beneficios prácticos de unos dogmas
que él mismo no suscribiría con plena convicción, pero a cuya exposición sí
puede compro¬ meterse, porque no es del todo imposible que la ver¬ dad subyazca
escondida en ellos o, cuando menos, en cualquier caso no haya nada
contradictorio con la religión íntima. Pues si creyese encontrar esto último en
dichos dogmas, no podría desempeñar su cargo en conciencia; tendría que
dimitir. Por consiguiente, el uso de su razón que un predicador comisionado a
tal efecto hace ante su comunidad es meramente un uso privado; porque, por muy
grande que sea ese auditorio, siempre constituirá una reunión doméstica; y bajo
este respecto él, en cuanto sacerdote, no es libre, ni tampoco le cabe serlo,
al estar ejecutando un en¬ cargo ajeno. En cambio, como alguien docto que habla
mediante sus escritos al público en general, es decir, al mundo, dicho
sacerdote disfruta de una libertad ilimitada en el uso público de su razón,
para servirse de su propia razón y hablar en nombre de su propia persona. Que
los tutores del pueblo (en asuntos espirituales) deban ser a su vez menores de
edad constituye un absurdo que termina por perpetuar toda suerte de disparates.
Ahora bien, ¿acaso una asociación
eclesiástica -cual una especie de sínodo o (como se autodenomina entre los
holandeses) grupo venerable- no debiera estar autorizada a juramentarse sobre
cierto credo inmutable, para ejercer una suprema e incesante tutela sobre cada
uno de sus miembros y, a través suyo, sobre \ el pueblo, a fin de eternizarse?
Yo mantengo que tal cosa es completamente imposible. Semejante contrato, que
daría por cancelada para siempre cualquier ilustración ulterior del género
humano, es absolutamente nulo e inválido; y seguiría siendo así, aun cuando
quedase ratificado por el poder supremo, la dieta imperial y los más solemnes
tratados de paz. Una época no puede aliarse y conjurarse para dejar a la
siguiente en un estado en que no le haya de ser posible ampliar sus
conocimientos (sobre todo los más apremiantes), rectificar sus errores y en
general seguir avanzando hacia la ilustración. Tal cosa supondría un crimen
contra la naturaleza humana, cuyo destino primordial consiste justamente en ese
progresar; y la posteridad estaría por lo tanto perfectamente legitimada para
recusar aquel acuerdo adoptado de un modo tan incompetente como ultrajante. La
piedra de toque de todo cuanto puede acordarse como ley para un pueblo se cifra
en esta cuestión: ¿acaso podría un pueblo imponerse a sí mismo semejante ley?
En orden a establecer cierta regulación podría quedar estipulada esta ley, a la
espera de que haya una mejor lo antes posible: que todo ciudadano y especialmente
los clérigos sean libres en cuanto expertos para expresar públicamente, o sea,
mediante escritos, sus observaciones sobre los defectos de la actual
institución; mientras tanto el orden establecido perdurará hasta que la
comprensión sobre la índole de tales cuestiones se haya extendido y acreditado
públicamente tanto como para lograr, mediante la unión de sus voces (aunque no
sea unánime), elevar hasta el trono una propuesta para proteger a esos colectivos
que, con arreglo a sus nociones de una mejor comprensión, se hayan reunido para
emprender una reforma institucional en materia de religión, sin molestar a
quienes prefieran conformarse con el antiguo orden establecido. Pero es
absolutamente ilícito ponerse de acuerdo sobre la persistencia de una constitución
religiosa que nadie pudiera poner en duda públicamente, ni tan siquiera para el
lapso que dura la vida de un hombre, porque con ello se anula y esteriliza un
período en el curso de la humanidad hacia su mejora, causándose así un grave
perjuicio a la posteridad. Un hombre puede postergar la ilustración para su
propia persona y sólo por algún tiempo en aquello que le incumbe saber; pero
renunciar a ella significa por lo que atañe a su persona, pero todavía más por
lo que concierne a la posteridad, vulnerar y pisotear los sagrados derechos de
la humanidad. Mas lo que a un pueblo no le resulta lícito decidir sobre sí mismo,
\ menos aún le cabe decidirlo a un monarca sobre el pueblo; porque su autoridad
legislativa descansa precisamente en que reúne la voluntad íntegra del pueblo
en la suya propia. A este respecto, si ese monarca se limita a hacer coexistir
con el ordenamiento civil cualquier mejora presunta o auténtica, entonces
dejará que los súbditos hagan cuanto encuentren necesario para la salvación de
su alma; esto es algo que no le incumbe en absoluto, pero en cambio sí le compete
impedir que unos perturben violentamente a otros, al emplear toda su capacidad
en la determinación y promoción de dicha salvación. El monarca daña su propia
majestad cuando se inmiscuye sometiendo al control gubernamental los escritos
en que sus súbditos intentan clarificar sus opiniones, tanto si lo hace por
considerar superior su propio criterio, con lo cual se hace acreedor del
reproche: Caesar non est supra Grammaticos, como -mucho más todavía si humilla
su poder supremo al amparar, dentro de su Estado, el despotismo espiritual de
algunos tiranos frente al resto de sus súbditos.
Si ahora nos preguntáramos: ¿acaso
vivimos actualmente en una época ilustrada?, la respuesta sería: ¡No!, pero sí
vivimos en una época de Ilustración. Tal como están ahora las cosas todavía
falta mucho para que los hombres, tomados en su conjunto, puedan llegar a ser
capaces o estén ya en situación de utilizar su propio entendimiento sin la guía
de algún otro en materia de religión. Pero sí tenemos claros indicios de que
ahora se les ha abierto el campo para trabajar libremente en esa dirección y
que también van disminuyendo paulatinamente los obstáculos para una ilustración
generalizada o el abandono de una minoría de edad de la cual es responsable uno
mismo. Bajo tal mirada esta época nuestra puede ser llamada «época de la
Ilustración» o también «el Siglo de Federico».
Un príncipe que no considera indigno
de sí reconocer como un deber suyo el no prescribir a los hombres nada en
cuestiones de religión, sino que les deja plena libertad para ello e incluso
rehúsa el altivo nombre de tolerancia, es un príncipe ilustrado y me¬ rece que
el mundo y la posteridad se lo agradezcan, ensalzándolo por haber sido el
primero en haber librado al género humano de la minoría de edad, cuando menos
por parte del gobierno, dejando libre a cada cual para servirse de su propia
razón en todo cuanto tiene que ver con la conciencia. Bajo este príncipe se
permite a venerables clérigos que, como personas doctas, expongan libre y
públicamente al examen del mundo unos juicios y evidencias que \ se desvían
aquí o allá del credo asumido por ellos sin menoscabar los deberes de su cargo;
tanto más aquel otro que no se halle coartado por obligación profesional
alguna. Este espíritu de libertad se propaga también hacia el exterior, incluso
allí donde ha de luchar contra los obstáculos externos de un gobierno que se
comprende mal a sí mismo. Pues ante dicho gobierno resplandece un ejemplo de
que la libertad no conlleva preocupación alguna por la tranquilidad pública y
la unidad de la comunidad. Los hombres van abandonando poco a poco el estado de
barbarie gracias a su propio esfuerzo, con tal de que nadie ponga un particular
empeño por mantenerlos en la barbarie.
He colocado el epicentro de la
ilustración, o sea, el abandono por parte del hombre de aquella minoría de edad
respecto de la cual es culpable él mismo, en cuestiones religiosas, porque
nuestros mandatarios no suelen tener interés alguno en oficiar como tutores de
sus súbditos en lo que atañe a las artes y las ciencias; y porque además
aquella minoría de edad es asimismo la más nociva e infame de todas ellas. Pero
el modo de pensar de un jefe de Estado que favorece esta primera Ilustración va
todavía más lejos y se da cuenta de que, incluso con respecto a su legislación,
tampoco entraña peligro alguno el consentir a sus súbditos que hagan un uso
público de su propia razón y expongan públicamente al mundo sus pensamientos
sobre una mejor concepción de dicha legislación, aun cuando critiquen con toda
franqueza la que ya ha sido promulgada; esto es algo de lo cual poseemos un
magnífico ejemplo, por cuanto ningún monarca ha precedido a ése al que nosotros
honramos aquí.
Pero sólo aquel que, precisamente por
ser ilustrado, no teme a las sombras, al tiempo que tiene a mano un cuantioso y
bien disciplinado ejército para tranquilidad pública de los ciudadanos, puede
decir aquello que a un Estado libre no le cabe atreverse a decir: razonad
cuanto queráis y sobre todo cuanto gustéis, ¡con tal de que obedezcáis! Aquí se
revela un extraño e inesperado curso de las cosas humanas; tal como sucede
ordinariamente, cuando ese decurso es considerado en términos globales, casi
todo en él resulta paradójico. Un mayor grado de libertad civil parece
provechosa para la libertad espiritual del pueblo y, pese a ello, le coloca
límites infranqueables; en cambio un grado menor de esa libertad civil procura
el ámbito para que esta libertad espiritual se despliegue con arreglo a toda su
potencialidad. Pues, cuando la naturaleza ha desarrollado bajo tan duro tegumento
ese germen que cuida con extrema ternura, a saber, la propensión y la vocación
hacia el pensar libre, ello repercute sobre la mentalidad del pueblo (merced a
lo cual éste va haciéndose cada vez más apto para la libertad de actuar) y
finalmente acaba por tener un efecto retroactivo hasta sobre los principios del
gobierno, el cual incluso termina por encontrar conveniente \ tratar al hombre,
quien ahora es algo más que una máquina conforme a su dignidad.”

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