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"La resistencia" de Ernesto Sábato (Efímeros y breves 128)

 

Autorretrato de Ernesto Sábato. "Resistencia".

Se deja aquí un fragmento de “La resistencia”, un libro que publicó Ernesto Sábato cuando contaba casi noventa años y en el que expone su visión sobre la crisis que atraviesa el hombre de nuestro tiempo. En el párrafo que se ha seleccionado aquí, Sábato define la vida como un precario equilibrio entre el ángel y la bestia, una definición que le habría gustado a su admirado Gandhi, a quien esgrime a menudo en estas páginas junto a Camus, Sartre y Berdiáyev. Todo el libro se balancea entre estas dos fuerzas constantes que ha acompañado al hombre en su evolución: “entre el bien y el mal”, que es así como titula uno de los capítulos de este libro.  “La bondad y la maldad nos resultan inabarcables porque suceden en nuestro propio corazón”, nos recuerda. Y Sábato ve en la educación actual uno de los males de nuestro tiempo. Ya no es, como quería Gandhi, una formación espiritual, es decir, una educación del corazón y un despertar del alma. Ahora se trata de inculcar en los niños la competencia, el individualismo y la victoria sobre los compañeros. Y es aquí, en estos nuevos valores que se imponen como dioses grotescos en nuestro tiempo, donde ve Sábato el origen de la crisis que nos amenaza. El diagnóstico de Sabato es claro: la crisis de nuestro tiempo es una crisis de valores producida por el progreso técnico y por la explotación de los hombres. Estos nuevos valores degenerados son enumerados varias veces a lo largo del libro: el hombre ya sólo halla satisfacción en la comodidad individual y en la realización del éxito personal. Los nuevos dioses encumbrados se llaman bienestar y culto a sí mismo. Esta crisis de valores produce la pérdida de sentido y el sentimiento del absurdo que tan bien abordó el escritor argentino en su novelística. Para Ernesto Sábato se ha perdido la trascendencia y se ha desacralizado la vida. Su crítica se extiende a la globalización, al progreso técnico y al exceso de racionalismo. Al sobrevalorarse lo racional, se ha desestimado todo lo que no puede ser explicado por la razón, pero que es precisamente lo que funda la cultura humana y los valores del espíritu: la belleza, la verdad, el coraje y la solidaridad. Los valores que se han ido perdiendo con la idolatría de la técnica y el progreso son los que ensalza Sábato, embargado por un aire de nostalgia: la dignidad, el desinterés y el estoicismo del ser humano frente a la adversidad. Sábato hace en este libro un diagnóstico de la crisis que nos asuela, aunque no nos queda muy claro ni cuáles son las causas ni la posible solución a la salida de lo que él llama encrucijada. No obstante, su estatura moral y el ejemplo de toda su trayectoria nos basta para dar fe de todo lo que asevera y para creer que no anda errado en la valoración que hace de los males de la sociedad, en los que coincide, además, con Theodor Adorno y todos los críticos de  la ilustración. El lema de toda su vida, “Hay que resistir”, es una divisa de resiliencia ante tiempos de crisis que deberíamos grabarnos todos, al igual que deberíamos aplicarnos la receta que nos da para alivio y guía en tiempos de penumbra: el arte como vocación. Sábato, que era más artista que científico, nos aconseja la práctica del arte contra la angustia y el desánimo y recuerda que el arte siempre nos alienta a cumplir la utopía a la que hemos sido destinado.

 

 

FRAGMENTO DE “RESISTENCIA”

¡Cuántas lágrimas hay detrás de las máscaras! ¡Cuánto más podría el hombre llegar al encuentro con el otro hombre si nos acercáramos los unos a los otros como necesitados que somos, en lugar de figurarnos fuertes! Si dejáramos de mostrarnos autosuficientes y nos atreviéramos a reconocer la gran necesidad del otro que tenemos para seguir viviendo, como muertos de sed que somos en verdad, ¡cuánto mal podría ser evitado!

Viene a mi memoria aquel relato que hace Saint Exupéry de cuando tuvo que aterrizar forzosamente en el desierto, y él y su mecánico quedaron por tres días sin agua para beber. Hasta el rocío sobre el fuselaje del avión lamían al amanecer. Cuando el delirio ya había comenzado a poseerlos, un beduino sobre un camello, desde una duna lejana, fijó su mirada sobre ellos. El nómada avanzó sobre la arena, nos dice, como un dios sobre el mar.

“El árabe nos ha mirado, simplemente. Nos ha empujado con las manos en nuestros hombros, y hemos obedecido. Nos hemos tendido. No hay aquí ni razas, ni lenguas, ni divisiones. Hay ese nómada pobre que hay posado sobre nuestros hombros manos de arcángel.”

Después de hacer una descripción inolvidable del agua, dice:

“En cuanto a ti que nos salvas, beduino de Libia, te borrarás, sin embargo, para siempre de mi memoria. No me acordaré nunca de tu rostro. Tú eres el Hombre y te me aparecerás con la cara de todos los hombres a la vez. Nunca fijaste la mirada para examinarnos, y nos has reconocido. Eres el hermano bien amado. Y, a mi vez, yo te reconoceré en todos los hombres.

Te me aparecerás bañado de nobleza y de benevolencia, gran Señor que tienes el poder de dar de beber. Todos mis amigos, todos mis enemigos en ti marchan hacia mí, y no tengo ya un solo enemigo en el mundo.”

Los tiempos modernos fueron siglos señalados por el menosprecio a los esenciales atributos y valores del inconsciente. Los filósofos de la Ilustración sacaron la inconsciencia a patadas por la puerta. Y se les metió de vuelta por la ventana. Desde los griegos, por lo menos, se sabe que las diosas de la noche no se pueden menospreciar, y mucho menos excluirlas, porque entonces reaccionan vengándose en fatídicas formas.

Los seres humanos oscilan entre la santidad y el pecado, entre la carne y el espíritu, entre el bien y el mal. Y lo grave, lo estúpido es que desde Sócrates se ha querido proscribir su lado oscuro. Esas potencias son invencibles. Y cuando se las ha querido destruir se han agazapado y finalmente se han rebelado con mayor violencia y perversidad.

Hay que reconocerlas, pero también luchar incansablemente por el bien. Las grandes religiones no sólo preconizan el bien, sino que ordenan hacerlo, lo que prueba la constante presencia del mal. La vida es un equilibrio tremendo entre el ángel y la bestia. No podemos hablar del hombre como si fuera un ángel, y no debemos hacerlo. Pero tampoco como si fuera una bestia, porque el hombre es capaz de los peores atrocidades, pero también capaz de los más grandes y puro heroísmos.

 

Me inclino con reverencia ante quienes se han dejado matar sin devolver el golpe. Yo he querido mostrar esta bondad suprema del hombre en personajes simples como Hortensia Paz o el sargento Sosa. Como ya lo he afirmado, el ser humano no podría sobrevivir sin héroes, santos y mártires porque el amor, como el verdadero acto creador, es siempre la victoria sobre el mal.


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