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EFÍMEROS Y BREVES 160. Emil Cioran (1911-1995): Opiniones sobre sus contemporáneos en el 31 aniversario de su nacimiento.

 


Dejo aquí una serie de fragmentos de los cuadernos de Cioran. Como ya se ha publicado en este blog una buena extensión del contenido de sus "Cuadernos" (léase aquí), aquí sólo voy a dejar aquellos párrafos de sus diarios en las que dedica palabras a aquellos contemporáneos que tuvo oportunidad de conocer en Paris y que eran célebres o lo fueron luego. Destacan aquí los fragmentos dedicados a Albert Camus, a Paul Celan, a Henri Michaux o a Samuel Beckett. O bien son retratos suyos o divulgan una faceta íntima que puede resultar de interés. (Otros aforismos o pensamientos de Cioran puden encontrarse en la sección de este blog: "Pensamientos", en varias entregas. Dejó aquí la primera entrega de sus pensamientos (léase aquí).

 

Los fragmentos de Cioran que se han seleccionado aquí fueron extraídos de unos cuadernos que encontró su compañera, Simone Boué, poco después de la muerte del escritor, acaecida en 1995. Ella misma revela que Cioran solía tener en su escritorio un cuaderno siempre cerrado, que luego se descubrió que no era el único: fueron encontrados otros treinta y cuatro cuadernos fechados y con las mismas tapas que encerraban un conjunto de ocurrencias y esbozos que más que forma de diario tenían la función de almacenar el material que más tarde podría ser aprovechado para confeccionar sus libros. Además de servirles de borrador, estos cuadernos los utilizaba también para ejercitar su escritura en los momentos en que atravesaba periodos de sequía creativa, lo que le permitía continuar acechando sus obsesiones y dando rienda suelto a sus caprichos, además de constituir un recuento de anécdotas y vivencias que le van surgiendo a lo largo de quince años, el periodo comprendido entre junio de 1957 y mediados de 1972.

 

Enero de 1960

Albert Camus se ha matado en un accidente de coche. Ha muerto en el momento en que todo el mundo -y tal vez él mismo también- sabía que ya nada tenía que decir y viviendo tan sólo podía perder su desproporcionada, abusiva -ridícula incluso-, gloria. Inmensa pena al enterarme de su muerte, anoche, a las 23 horas, en Montparnasse. Un excelente escritor menor, pero que fue grande por haber carecido totalmente de vulgaridad, pese a todos los honores que cayeron sobre él.

 

 

6 de enero de 1960

 

Sólo hablé con Camus una vez, en 1950, creo; he hablado mal de él muchísimo y ahora me siento presa de un remordimiento terrible e injustificado. Ante un cadáver, sobre todo cuando es respetable, me siento impotente. Tristeza incalificable.

 

 

8 de octubre de 1966, una de la mañana

 

Muerte de mi madre.

 

Me he enterado por un telegrama que ha llegado esta noche. Había cumplido su tiempo. Desde hacía unos meses daba señales inquietantes de extrema vejez. Sin embargo, esta misma mañana he recibió una postal suya del 8 de octubre, que no revelaba ningún debilitamiento mental. Decía en ella que era presa de una melancolía, que, según dice -añadía- es la de la vejez. Esta noche, estaba en mi casa J.M.; festejábamos su cumpleaños. Alguien ha llamado; no he abierto. Unos minutos después, he ido a ver si había dejado una nota o algo. Nada. Una hora después, al ir a buscar un libro, he visto un telegrama metido por debajo de la puerta. Antes de abrirlo, ya sabía yo el contenido. He vuelto sin decir palabra de lo que había ocurrido. Sin embargo, hacia las 11 J.M. me ha dicho que se iba, que yo debía de estar cansado, que estaba pálido. Y eso que he ocultado lo mejor posible mi pena y creo haber estado muy alegre todo el rato. Pero debía de haber dentro de mí una labor secreta que se me transparentaba en la cara.

 

Todo lo bueno o malo que tengo, todo lo que soy se lo debo a mi madre. Heredé sus males, su melancolía, sus contradicciones, todo. Físicamente, me parezco a ella punto por punto. Todo lo que ella era se agravó y exasperó en mí. Soy su éxito y su fracaso.

 

 

 

3 de enero de 1968

 

Acabo de encontrarme con Celan, al que no había visto desde hacia un año; ha pasado unos meses en un hospital psiquiátrico, pero no habla de ello. Se equivoca, pues, si lo hiciera, no tendría ese aire violento (y que siempre tenemos cuando disimulamos algo capital que todo el mundo ha de conocer).

 

Cierto es que no es fácil hablar de nuestras crisis. ¡Y qué crisis!

 

 

Enero de 1968

 

He visto a Adamov en el parque del Luxemburgo. Parecía contento. ¡Hace tantos años que no hablamos! ¿Por qué? En París nunca sabes a qué atenerte con una persona. Una palabra dicha en alguna parte y que ha llegado transformada a los oídos de alguien que la ha repetido a otro, etcétera.

 

No veo por qué razón habrían de durar las amistades más que las pasiones o los sentimientos ordinarios (estima y demás).

 

 

Septiembre de 1968

 

El otro día divisé en una alameda secundaria del parque del Luxemburgo a Beckett, que estaba leyendo un periódico más o menos como lo haría uno de sus personajes. Estaba ahí en una silla, con aire absorto y ausente, como es habitual en él. Con aspecto un poco enfermo también. Pero no me atrevía a abordarlo. ¿Qué decirle? Lo quiero mucho, pero más vale que no hablemos. ¿Es tan discreto? Ahora bien, la conversación exige un mínimo de abandono y farsa. Es un juego; ahora bien, Sam es incapaz de ello. Todo en él revela el hombre del monólogo mudo.

 

 

7 de octubre

 

Velada con H. Michaux.

 

Antes de separarnos, hablamos de la -lejana- posibilidad de una guerra que provocara la destrucción de buena parte de la Humanidad, Michaux me pregunta si me afectaría. Respondo que sí, pero al mismo tiempo espero esa catástrofe, que hace mucho preví.

 

Él me dice que, si este mundo de aquí debe desaparecer, le resulta indiferente que Argentina sobreviva.

 

 

20 de febrero de 1969

 

Anoche, velada con los Beckett. Sam estaba en forma, locuaz incluso. Me contó que había pasado al teatro porque necesitaba un solaz, después de haber escrito novelas. No pensaba que lo que era una simple distracción o un ensayo fuese a cobrar semejante importancia. Ahora bien, añadió que escribir una obra dramática representa muchas dificultades, porque hay que limitarse y eso le intrigaba y le tentaba, después de la gran libertad, la arbitrariedad y la auténtica falta de límites de la novela. En una palabra, el teatro entraña convenciones: la novela ya no supone casi ninguna.

 

 

 

7 de mayo de 1970

 

Paul Celan se ha tirado al Sena. El lunes pasado encontraron su cadáver.

 

Este hombre encantador e insoportable, feroz y con accesos de dulzura, al que estimaba y rehuía, por miedo a herirlo, pues todo lo hería. Siempre que me lo encontraba, me ponía en guardia y me controlaba, hasta el punto de que al cabo de media hora estaba extenuado.

 

 

 

11 de mayo de 1970

 

Noche atroz. He soñado con la sabia resolución de Celan.

 

(Celan fue hasta el final, agotó sus posibilidades de resistirse a la destrucción. En cierto sentido, su vida nada tiene de fragmentaria ni de fracasada: está plenamente realizada.

 

Como poeta, no podía ir más lejos; en sus últimos poemas rozaba el Wortspielerei [juego de palabras]. No conozco una muerte más patética ni menos triste.

 

 

11 de julio de 1970

 

de julio

 

Cena anoche con Michaux. Me habla de mi artículo sobre Beckett y me dice que no está de acuerdo conmigo sobre la “vida”, que, en su opinión, es una cosa extraordinaria.

 

No es la primera vez que me llama la atención el “optimismo” de Michaux. No me molesta en absoluto y me parece muy hermoso que, después de haber estado durante tanto tiempo crispado e infeliz, se llegue a una visión serena de las cosas. Una hermosa “vejez” (aunque resulta difícil imaginar a alguien menos “viejo” que Michaux).

 

Me habla de su viaje a Nueva York, de la que hace un retrato aterrador. Una ciudad de asesinos. Nada de lo que hay en ella le cae en gracia. Me gustan esas reacciones temperamentales, que son tan vivificantes para el oyente. Michaux me acusa de ser charlatán. Pero en toda la velada no he tenido tiempo de meter baza. Mejor, pues habitualmente soy inagotable. He pensado también que M. pasa mucho tiempo solo y necesita “desahogarse” de vez en cuando.

 

 

18 de marzo de 1971

 

Sybille me dijo anoche que Mircea Eliade tuvo el 9 de este mes un ataque cardiaco (¿pericarditis?) y hasta el 16 no lo declararon fuera de peligro los médicos. El ataque se produjo en una ciudad de Michigan, donde esta con Christinel. He pasado toda la noche pensando en ese accidente, absolutamente inesperado. Pues, para mí, era una persona de una resistencia a toda prueba. ¿Cuántas veces no me he dicho que, si yo hubiera hecho la cuarta parte del trabajo que él, hace mucho que me habría muerto! Pocas veces he visto a alguien que como él se haya entregado al surmenage, por decirlo así, con semejante ardor. Todo lo contrario de un sabio, pues la sabiduría es la negativa a abusar de nuestras fuerzas, de nuestras capacidades, de nuestro tiempo. Lo que M.E. debería haber aprendido es el arte de aburrirse. Desconoce el placer de no hacer nada. Hago votos por que lo aprenda ahora.


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